Una de las cosas que más me llamó la atención en Japón fue la terrible cantidad de máquinas expendedoras que vi en las calles. Parecen formar parte de un verdadero ejército que puebla cada rincón de las ciudades y es muy frecuente verlas principalmente en las estaciones de trenes, debajo de los numerosos puentes ferroviarios, debajo de las autopistas, cerca de las tiendas o en los estrechos callejones que tiene Tokio.

Se estima por ejemplo que hay una de estas máquinas cada 23 personas o esto es lo que asegura la asociación de fabricantes japoneses, así que tenemos que Japón es uno de los países mas densamente poblados de máquinas expendedoras en todo el mundo.

Estas vending machines, tal su nombre en inglés, están en las ciudades, los pueblos y hasta en las aldeas con 200 habitantes. Ningún sitio se salva de ellas y a la hora de ser turista, bueno, conocidas son sus ventajas.

Yo, por ejemplo, solía salir del youth hostel sin desayunar, lista para seguir recorriendo el país, y al llegar a la estación de trenes tardaba unos minutos en decidir que lata de té me tomaría. Un poco de té verde caliente es perfecto cualquier mañana del frío enero nipón, pero lo cierto es que estas máquinas no solo venden bebidas: Coca Cola, Fanta, Sprite, Seven Up o Pepsi sino también marcas nacionales de sodas y cervezas, cigarrillos, pañuelos de papel, jugos, bebidas energéticas, café y un sinfín de comidas calientes que van desde sopa de fideos hasta spaghettis con salsa.

En serio, con buen estómago uno podría vivir de estas máquinas. Los precios son baratos, entre 110 y 120 yens y las máquinas que venden cigarrillos lo hacen a precios comunes (de mercado), pero son también muy comunes. A veces hay una máquina sola, a veces llega a haber 10 todas juntas y apretadas, coloridas y silenciosas en las noches. Es increible que todas funcionen y a nadie se le ocurra romperlas o robarlas como sucedería en otras partes del mundo, pero bueno, que estamos en Japón.

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